" -Quieres una copa de champaña?” preguntó Dhimas a su acompañante.
Esta es una de las noches en la cual no puedes contener tus instintos feroces que te llevan a la locura. Esta es la historia del respetado Sr. Dhimas y su "amada" prostituta Rocío.
“ - Sí, por favor.”- contesta Rocío.
“ - Rocío, he decidido traerte a este restaurante porque creo que te lo mereces. Desde la primera vez que te vi parada en esa esquina, tuve un encuentro con tus ojos azules que me expresaron un sinfín de emociones. En ese momento te convertiste en mi fantasía, sentí la necesidad intensa de probar la unión de dos seres distintos; uno en busca de saciar su sed interior y el otro en busca de poder borrar la cara de necesidad. ( Dhimas)
Dhimas, empresario próspero, padre de familia, diácono de una iglesia cristiana. Lleva once años de casado con su esposa Raquel, mujer que ha sido su primera y única novia.
Dhimas se muestra siempre dispuesto a ayudar en su congregación y los feligreses que le rodean siempre hablan cosas positivas sobre él. Por consiguiente, demostramos superficialmente que es un hombre realizado y feliz. Pero no, no tan feliz, a veces la vida te muestra un carrusel de emociones y caras sonrientes, pero todo es un paradigma, porque los zapatos de cada individuo son diferentes, distintos en tamaño y duración.
Dhimas siente a diario el deseo intenso de probar lo prohibido, lo profano, lo impuro, y todo convertido a un ser de pecado llamado Rocío. El lleva ya alrededor de nueve meses frecuentando la esquina Miranda, donde se encuentra con su prostituta amada.
“ – Camarero, por favor tráigame la cuenta” – (Dhimas).
“ - Adónde vamos Dhimas? No quiero volver al mismo lugar de siempre, quiero hablar detenidamente contigo, no eres un cliente más, tengo que hablar contigo.” ( Rocío)
“ - Está bien Rocío, podemos conversar en el motel, no necesariamente tenemos que ir a tener relaciones, si quieres solo podemos hablar. Camarero, muchas gracias por su atención, aquí dejé algo para usted y por favor, dígale a su chef de que trate de no echar muchas especias a las carnes, porque a veces arde en tu boca. Que tengan buenas noches.” ( Dhimas)
Rocío no tiene expresión, no muestra nada de gratitud, no muestra alegría, siente que esta noche no es ella la que está sentada en este restaurante lujoso.
Ella, mujer desolada, triste y ahogada en su miseria de vida, lleva ya tres días con un remordimiento intenso. Nunca pensó que podía enamorarse de un cliente y llegar a amarlo tanto hasta tener que llegar al borde de la locura de querer enviarlo al destino que estaba ya marcado para ella hacía varios años. El amor es cruel, pero no tan cruel como para llegar a transportar a través de tus venas confundidas un veneno lento y prolongado, que te carcome y te consume hasta que ya tus huesos se confundan con las cenizas de los demás seres inexistentes.
En cuestión de segundos, Dhimas paga la cuenta y deja algo de propina. (En el restaurante de la calle Miranda, los meseros hacen sentir a los clientes como si estuvieran en casa. Tratan de no parecer mas simpáticos de lo normal, con tal de que no pienses que se ha usado la “hipocrecía lucrativa” como algunos le llaman.) Todo ha quedado ya limitado a una cuenta paga y una propina capaz de llenar la sed de alcohol de un camarero solitario.
Se dirigen al motel al que están acostumbrados a frecuentar. Al llegar Dhimas trae en su mano la copa de champaña que han estado bebiendo y Rocío trae su expresión marchita.
Al cerrar la puerta de la habitación, Dhimas expresa:
- Rocío, qué te sucede? Por qué observo este rostro tan extraño que tienes? No te das cuenta de que yo en realidad te amo a tal grado de que confío en ti y hasta me he entregado por completo a ti? ( Dhimas)
- Dhimas, no soy lo que crees. Eres el cliente que me ha hecho odiar mi triste realidad. Soy una prostituta! No puedo amarte, no puedo! No sé por qué me amas Dhimas, tienes tu esposa, tu familia feliz, tu comida caliente, un abrazo capaz de acallar tu soledad. Que más necesitas Dhimas, por qué te obsesionas con este deseo distorsionado? Por qué me dices que me amas? (Rocío)
- Porque me haces sentir completo a tu lado, no me importa que seas lo que eres, te
amo porque en la cama me haces sentir demasiado bien, tu persona, tu sonrisa, no sé… ( Dhimas)
- Entonces Dhimas, solo ves en mí un objeto de placer? No ves en mis ojos el deseo enorme que siento de no estar más en cautiverio?. Seduzco a los hombres por ese maldito papel verde, ese maldito papel que no está en las noches donde he deseado tan solo una migaja de pan, que no ha servido de pañuelo para mis lágrimas. Cada vez que me entrego, así mismo rasgo mis vestiduras que una vez fueron blancas, blancas por la ilusión. Inocente como paloma fui, hasta que mis alas fueron cortadas por el cuchillo de la necesidad. DHIMAS, VETE YA! Mis lágrimas son un ungüento para mí, deja que me ahogue en ellas, simplemente soy un ser destinado a sufrir en silencio que se entrega a la intemperie hasta quedar inerte… ( Rocío)
Dhimas, estando un poco influenciado por el alcohol que lentamente comenzó a apoderarse de la razón, no podía hilvanar sus ideas hasta que de repente, sintió cómo un deseo inesperado y vil comenzaba a surgir en su inconsciente. – “(Es esto parte de la realidad o no?”- se preguntó Dhimas para sí.
De repente, en esta habitación lúgubre se comenzaron a oír golpes profundos y huecos, sin compasión ni consideración alguna. Rocío trataba de protegerse con sus manos puestas en la cabeza, vociferaba para que alguien la socorriera pero parecía como si las potestades del infierno estuvieran reunidas en esa habitación oscura para presenciar la tortura cruel de una mujer desesperanzada, de modo tal que nadie escuchó lo que en esta escena se presenciaba.
Rocío, un poco mareada, con su rostro ensangrentado por los puñetazos propinados, escuchó a Dhimas decirle a sus oídos confusos :
“ – No puedes entrar en mi mundo, un mundo de fantasía y de máscaras. No puedes entender la realidad de mi vacío, no puedes comprender el dolor cuando se finge una sonrisa, cuando quieres pero no amas, cuando añoras un abrazo sincero y no adulante. Rocío, estoy en tu mundo, estás casi inconsciente y yo con mis deseos latientes. Me gusta cuando estás callada, desconectada de esta triste realidad…. ( Dhimas)
Al cabo de varios segundos, Dhimas le asestó un fuerte golpe en la cabeza a su amante volviendo en pequeñas fibras de vidrio la champaña que ha sido la causante de muchos de estos delirios en noches furtivas.
Dhimas partió, dejando a Rocío envuelta en un mar de sangre en el piso de un frío motel.
Eran las tres de la madrugada cuando al llegar a su casa se fija en su esposa que duerme a la luz de la suna silente, tranquila y serena. No siente remordimiento ni ningún tipo de culpa, en cambio, piensa que le ha hecho un bien al mundo con el hecho de haber eliminado una ramera más.
Al día siguiente…
Eran las ocho de la mañana, los niños se habían ido ya al colegio, el Sr. Dhimas había salido un poco apresurado para su negocio, todos se habían marchado ya. Sólo quedaban en esta casa solitaria Raquel y una lavadora enfrente para mantener la ropa de su marido en estado impecable.
“ (Debe de haber trabajado mucho anoche, que llegó tan cansado que ni siquiera me ha dirigido la palabra antes de irse, se marchó ya y ni siquiera cuenta me he dado.)” - pensó Raquel para sí.
Raquel, esposa sumisa y leal, acostumbra a pasar sus días siendo ama de casa dedicada a criar sus hijos y cumplir con el mandamiento divino de serle fiel a su marido. Cada vez que nota a Dhimas actuar de una manera extraña, sólo sufre en silencio y eleva sus plegarias a Dios con tal de ver a su esposo feliz.
Cuando está en el cuarto de lavado, levanta el pantalón que Dhimas había usado la noche anterior para entrarlo a la lavadora, cuando de repente, cae al suelo un sobre con una carta dentro.
Raquel levanta la carta, deja caer el pantalón y lee lo siguiente:
DHIMAS :
Dhimas, amor fugaz y prohibido. Eres sinónimo de deseo y placer venenoso. Sé que no puedo tenerte, sé que estás casado felizmente, y eso lo envidio.
Sólo quise ser feliz a tu lado, pero no puedo, ya que en mí hay un veneno producto de la depravación de nosotros los humanos.
En los primeros días en que me frecuentabas trataba de protegerte, hasta que un día llegamos al borde del delirio y la excitación, que me olvidé de exigirte que usaras condón. Ahora ves, tienes sida y yo esta misma noche te confieso, de que me siento miserable, no por el hecho de haberte infectado, sino porque en mí no hay arrepentimiento alguno. Te he amado con tal celo, de que me siento bien que mueras junto conmigo y salgamos de este pantano llamado vida.
En fin, acompáñame por este breve lapso de sufrimiento, hasta que la muerte nos alcance. No debiste de confiar en mí, ya que nadie es de fiar. Lo siento Dhimas, pero no sé que estoy diciendo. Esto es producto de la parcialidad de mi persona.
Aunque no lo sienta, perdóname…, pero ya estás en mi mundo.
Tu amor por siempre,
ROCIO...
lunes, 2 de julio de 2007
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